Te deseo que te quedes SIN Internet

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Esta fue mi reacción cuando el modem de la casa dejó de funcionar y se fue el internet:

 

Decidí escribir un post para contarte mi anécdota de supervivencia la cual titulé “Una semana sin internet” (lamento que el título no haya sido de lo más creativo). Por motivos de la cuarentena por COVID, durante el último par de meses he estado trabajando desde casa y me paso lo peor que te puede pasar: que tu WIFI, el modem de tu casa, decida que es momento de pasar a mejor vida. Momento de apagar esos esperanzadores foquitos verdes parpadeantes y decidir que lo único que tus ojos verán de ahora en adelante es qué tan blanco era a pesar del polvo que lo rodea.

Como si se tratara de avisar que se está incendiando un bosque, informé de inmediato a la compañía que me brinda el servicio de internet y telefonía, así como a la empresa para la que estoy trabajando, quienes me recomendaron usar el internet de mi celular como hotspot mientras me venías a arreglar el de mi casa, que según esto serían 2 días. Según esto… Porque como ya te contaré ese par de días se terminó alargando a una semana (sigo sin saber como pude sobrevivir para contar esta historia).

Y llegó el día, el tan anhelado día, el día en que vendrían a arreglar el WIFI. Nunca había sentido tanta emoción de recibir a un invitado: el señor de la compañía que brinda el servicio de teléfono, quien vendría heróicamente a revivir el modem. Pero sin así quererlo este individuo actuó más como aun villano, que después de esperar dos días su llegada, lo único que pudo decir al evaluar el aparato fue: “No pues… su equipo está muerto, ¿eh?” y yo así de “o sea sí, pero usted está aquí para hacer su magia, vamos, resuélvalo colega, yo ahorita, mire le hasta preparo un cafecito, unas donitas, en lo que lo repara” a lo cuál respondió: “No me está entendiendo, no puedo hacer nada, es necesario reemplazarlo y para ello tendré que pedir la orden a la central de que le envíen a su domicilio un nuevo equipo y cuando llegue, nos marca y le indicamos como instalarlo.”

Esperaba que esto fuera una broma de mal gusto.

 

Pero era más real que el hecho de esto llevaría por lo menos otro par de días.

Esta noticia me hizo pensar que el internet de mi celular ahora era más valioso que los bitcoins, más preciado que un domingo por la mañana. Tendría que durarme para otro par de días más pues todavía quedaba jueves y viernes de trabajo. Me tenía que alcanzar.

Y el jueves resulta ser que recibo el mensaje de texto en mi celular que solo llegaba en mis pesadillas durante esos días: “Has alcanzado el 80% de tus datos de navegación, se te cobrará lo adicional o puedes adquirir un paquete especial”. Me quedé sin aliento. Así que como la compañía para la que trabajo es la que provee mi plan mensual de teléfono, les informé de este indeseado incidente y muy lindos ellos me apoyaron comprando un bundle de más gigas en lo que se arreglaba lo de mi internet.

Logré que ese paquete extra de datos me durara por lo menos jueves y viernes. Gran logro (el «modo avión» jugó un importante papel).

 

Llegó el fin de semana y el sábado al ver la lista de cosas que quería llevar a cabo en ese fin de semana no te miento: El 80% de las actividades de la lista necesitaban internet. La mayoría involucraba subir contenidos a redes sociales, a mi blog, podcast y canal de youtube; tenía dos videoconferencias en línea con amigas y familia, quería terminar de ver una serie en Netflix, me gusta hacer ejercicio escuchando mi música en iTunes, en fin… Sentí algo de ansiedad y desesperación. Porque no es que hubieran muchas opciones, estoy viviendo en Irlanda por ahora, mi familia no es de aquí así que no es como que me pudiera ir a casa de algún familiar. Los restaurantes y cafés que tienen WIFI están cerrados por lo del COVID…

Fue como un sacón de onda darme cuenta qué tan dependiente del internet me he vuelto. Y cómo cuando se va, sientes que se va como una parte de ti.  Pero lo que aprendí –y que estoy por contarte es que también regresó otra parte de mí que tenía muy descuidada.

Ese fin de semana sin internet te juro que fue uno de los mejores de mi vida porque hice actividades que hace mucho tiempo no me daba el tiempo de hacer y que no necesitan de internet. Me fui a andar en bici, caminé y reflexioné, leí un libro de superación personal, tomé una cerveza enfrente de un río y me relajé rodeada de la naturaleza (no me lo vas a creer pero a veces todo lo que necesitas en NO HACER NADA), tomé el sol, coloreé una mandala, escribí en mi diario que tenía un poco abandonado y hasta jugué Mario Bros (¡mi videojuego favorito de la infancia!).

¿Y qué crees? Fui muy feliz. MUY.

No te miento que hasta sentí como si me hubiera ido de vacaciones. Dije: “¿qué fue esto que paso?, ¿acaso ya me morí?, ¿estoy en el paraíso?” Jajaja

 

Este fin de semana me hizo darme cuenta que una de las mejores cosas que me pudo pasar es que se me haya ido el internet porque en vez de convivir con la tecnología, conviví conmigo misma y eso era algo que no hacía hace tiempo. Disfruté varias actividades que hasta había olvidado lo mucho que me gustaban y lo bien que me hacían sentir. “Quiero hacer esto más seguido” me dije. Quiero también disfrutar la vida que hay detrás del internet.

Y aunque no planeaba compartir esta anécdota de lo que un principio consideré una de las peores tragedias que le pueden ocurrir al ser humano en el mundo contemporáneo–, me animé a compartirla porque a la vez me ayudó a darme cuenta que había olvidado todo lo que hay allá afuera, detrás de una pantalla, y que son actividades, pasatiempos y cosas que me también me hacen inmensamente feliz. No tener wifi por ese fin de semana me ayudó a conectar con una parte de mí que había permanecido abandonada. Y lo comparto porque creo que esto mismo le puede estar pasando a otras personas.

Así que a partir de esta experiencia hice un cambio en mi agenda y ahora tengo espacios en la semana para desconectarme por completo del internet y conectar conmigo misma, con la gente y con las experiencias que ocurren mientras estaba detrás de una pantalla.

Es por eso que te deseo que se te vaya el internet jaja o que por lo menos, esta anécdota te haya inspirado a disfrutar más los tesoros de la vida que no requieren WIFI.

Un abrazo,

Tu amiga, Mayneza

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